lunes 9 de junio de 2008

Frases Suicidas (Compilado)

* "Hace mucho tiempo que me hubiera suicidado de no haber leído en alguna parte que es un pecado quitarse voluntariamente la vida mientras pueda hacerse todavía una buena acción. La vida es hermosa, pero la mía está envenenada para siempre." Ludwig van Beethoven
* "El secreto de la existencia humana consiste no sólo en vivir, sino en hallar el motivo de vivir. Sin una idea clara y determinada del objeto de su existencia, el hombre preferirá renunciar a ella, y se destruirá, antes que permanecer en la tierra" Ivan Karamazov (Los Hermanos Karamazov / Dostoievski)

*“La cosa mejor que ha hecho la ley eterna es que, habiéndonos dado una sola entrada a la vida, nos ha procurado miles de salidas (…) Si te place, vive; si no te place, estás perfectamente autorizado para volverte al lugar de donde viniste." Séneca

*"Es preferible una vida breve y mejor que una vida más larga y peor." Epicteto

*"Cuando se ha perdido todo, cuando ya no se tiene esperanza, la vida es una calamidad y la muerte es un deber." François-Marie Arouet Voltaire

*"A nadie le falta una buena razón para suicidarse." Cesare Pavese"Si me suicido no será para destruirme, pero sí para ponerme otra vez atrás. El suicidio será para mí solamente uno de los medios violentos para reconquistarme de la invasión brutal de mi ser, para anticipar la impredecible llegada de dios. Por el suicidio me devuelvo voluntariamente a la naturaleza, para dar desde el inicio a las cosas la forma de mi voluntad." Antonin Artaud
*"El único problema filosófico verdaderamente serio es el Suicidio. Juzgar si la vida es o no digna de vivir es la respuesta fundamental a la suma de preguntas filosóficas. Todo lo demás -- si tiene o no el mundo tres dimensiones, si la mente tiene nueve o doce categorías -- viene después. Esos son juegos; aquello se debe contestar primero." Albert Camus

Recuerdos

Recuerdos
de Alexander Giraldo

La brisa helaba el delicado cuerpo de Juanita, que caminaba pausadamente y con la mirada en el piso. Recordaba, casi fotográficamente, las escenas de la película que acababa de ver. De vez en cuando le arrebataban una sonrisa o una profunda y ahogada exhalación.

El cine se quedaba atrás. Las personas caminaban huyendo de la lluvia, la mayoría en parejas, pero Juanita caminaba sola. No parecía importarle. Sólo le importaba mirar caer las gotas sobre el mojado pavimento. Su camino se hizo más pesado. Comenzó a subir por la colina, que la guiaba muy lejos de su casa. Podía ver las gradas largas que se acostaban para facilitar el paso, observaba con atención el cielo oscurecido y lluvioso. Le fascinaba verlo así. Mucho más cuando caminaba.

Al estar muy alto se detuvo. Contemplo el paisaje de siempre: las luces de la ciudad, confundidas por una oscura penumbra y el largo valle que se alejaba hacía la noche. Pensó en lo alto que se encontraba y una gota de lluvia se mezclo con sus lágrimas. Trató, inútilmente, de no llorar, pero el dolor que intentaba ocultar podía más que lo otro.

Un dolor punzante se unió a la fría noche y Juanita repasó su vida en segundos.
Recordó su niñez y su juventud, a sus padres, a sus amigos y a Nicolás, el amor de su vida, aquél que, sin permiso, la había dejado sola, y que desde el silencio, no parecía que hubiera existido nunca.
Juanita lo recordó con mucha fuerza. Fuerza que le dieran las lágrimas que bajaban por su hermoso, pero triste rostro.

Desde o alto de la colina ya no veía la ciudad sometida a la brisa. Sino una gran mole de concreto que se la tragaba inclementemente y sin remordimiento. Cerró los ojos a aquella dolorosa imagen. Revolvió en sus recuerdos la última con Nicolás, en aquella misma calle, después de ir al cine juntos, tomados de la mano y sonriendo...

Abrió repentinamente sus ojos y el brillo de un gran relámpago inicio una fuerte arremetida de la lluvia condensada en el cielo. La lluvia se impregnaba de su piel, pero ella caminaba mirando al suelo, esquivando los pequeños charcos que se llenaban de agua rápidamente.

Caminó hasta la entrada del teatro. Se guardó entre la penumbra del cine y contempló por segunda vez las imágenes que se proyectaban. Se dejo atrapar por la magia de la sala, por la total relación con los colores, la música, las palabras y sonrió. Sintió que aquello era el escape, el todo.

Repitió cada película día tras día. Repitió cada paso hasta allí, hasta la colina. Lo hizo en ese día y los que le siguieron a ese, por más de diez años.
Aún lo hace.

Puedo verla desde aquí.

Cuánto daría por acompañarla y secar sus lágrimas,

por abrazarla,

por besarla...

Seis Meses

Seis Meses
de Alexander Giraldo



·Noviembre:

Hacía calor, tal como lo había presagiado mi abuela antes que toda mi familia partiera hasta acá: hasta la tierra del calor y del sueño de mis padres.
Cali se me presento como una desierta extensión de cemento y casas grises que, de alguna manera, me hacía sentir temeroso y confuso. Había dejado el colegio y debía adaptarme a uno nuevo; había dejado el fútbol de mi ciudad, el de las canchas de arena; había dejado a mis amigos y tenía que conocer a unos nuevos, a los cuales no parecían gustarle los vecinos nuevos y menos que hablaran como lo hacíamos.
Todo fue transcurriendo normalmente excepto por los problemas de adaptación a una nueva ciudad: nuevas calles, nuevos rostros, nuevos centros de comercio, nuevos amigos... nuevos enemigos...

En el colegio trate de adaptarme lo mejor que pude, pero de nada sirvió y rápidamente fui a dar al último espacio del salón de clases, bajo la mirada escrutadora de mis compañeritos. Decidí que lo mejor era jugar al rebelde sin causa y así lo hice. Inmediatamente clasifiqué como de lo malo del colegio y sus alrededores.
Por la casa era mucho peor: los pelados del barrio, a donde mis padres me habían llevado, era un centro de diferentes etnias y clases; era muy diferente de dónde veníamos, en donde todos son muy parecidos, aquí no, aquí empecé a conocer pelados negros, indios, blancos, mestizos y con toda clase de formas de hablar y de ser.
En los primeros días no salía, pasó como un mes para que me atreviera a conocer a la gente de la cuadra. El primero fue Diego, un pelado tranquilo, de esos que no se metía con nadie; él y su hermano Carlos, me enseñaron el barrio y me presentaron a muchos de sus amigos. Rápidamente empecé a compartir juegos y chanzas con ellos convirtiéndome en uno más del parche. Lo mejor de todo era que en Cali se jugaba tanto fútbol como en mi ciudad y eso era todo lo que necesitaba para estar feliz.
Entre partidos de fútbol y búsqueda de chicas, nos la pasamos hasta el fin de ese año.


· Última semana de diciembre:

Ya conocía los sitios a los que podía ir sin temor y los que era mejor evitar; igualmente a las personas que podía mirar y a las que no. Durante las festividades de ese año, el barrio se llenó de colorido y jolgorio; me la pasé tan bien como el que más, pues ya pertenecía al combo de la cuadra. Hasta ese momento solo conocía, de mis nuevos amigos, el juego, la charla y el fútbol. Pero la mayoría de esos chicos, también tenía otra vida que pronto descubrí.

Pasó la fiesta del 28 de Diciembre, eran las nueve de la noche. Todos estábamos en plena calle cuando, de improviso, se escucharon disparos y gritos cerca de allí. A medida que cada uno de los vecinos se preguntaba qué pasaba, se fueron escuchando más cercanas las detonaciones, hasta que retumbaban por toda la cuadra. La totalidad de la gente corrió al interior de sus casas. Logré asomarme por una de las ventanas del segundo piso y vi como una camada de muchachitos, de la edad mía, se enfrentaban a cuchillo, mientras otros se disparaban a quemarropa. Cerré la ventana y me quedé escuchando los gritos y el ruido hasta que seso del todo. Mis padres salieron al igual que los demás, a verificar lo que había pasado. Yo no salí de mi cuarto, me quedé sentado frente a la ventana, recordando las voces de los pelados que gritaban; todo me sonaba raro, como en eco, porque cuando mire por la ventana, vi claramente a Carlos, que empuñaba un plateado cuchillo.

En los días siguientes, intente evitar hablar con Diego o con Carlos; la verdad sentía algo de miedo el estar al lado de alguno de los dos por lo sucedido en esa noche; pero mientras bajaba del bus que me traía del colegio, todo el combo, incluidos los dos hermanos, me estaban esperando, pues faltaba uno más en la gallada para ir a "azarar" a unos "mancitos del otro barrio que se las están picando de chimbas". Yo, que tenía todo el miedo del mundo, acepte como si se tratara de la guerra.


· Febrero:

Después de mi incursión con los chicos de la cuadra en el barrio enemigo, continúe acompañándolos a "azarar" gente. Mi trabajo era sencillo: solamente iba adelante y miraba en donde estaba el tipo al que había que montársela y regresaba para informar. Al principio me pareció divertido, pues era asustar a alguien y hacerlo correr. Pero justo el día en que decidí no ir a acompañarlos en nuestras misiones, porque decidí quedarme a estudiar para una prueba de biología, el pelado al que decidieron ir a molestar estaba armado y en el momento del ataque, hirió a Diego en un brazo. La noticia llegó rápido. Me sentí culpable y temeroso por Diego, que apenas tendría unos 16 años, igual que yo. Diego se recuperó rápido y mientras lo hizo, Carlos y el resto, buscaron al mancito que le disparo a Diego y se la cobraron al máximo.

Al tiempo, la mayoría de la pandillita, también no la pasábamos jugando fútbol por montones. Siempre jugué de volante de marca, pero aquí en Cali me tocó marcador derecho, pues había un par de "asesinos" en el parche que se encargaban de no dejar pensar a los rivales a punta de patadas y boquilla. El equipo era de lo mejor y pronto los mayores del barrio decidieron organizarnos como un verdadero equipo.

· Abril:

Diego ya andaba en la calle y Carlos había tomado fama de chico malo. Yo seguía estudiando y jugando fútbol con todos los del parche, pero no volví a armar problemas, pues consideré una pendejada hacerlo, después de lo que pasó con Dieguito. Los demás lo entendieron.

Pronto todo ese fútbol que hacíamos en la polvorienta cancha del barrio, lo trasladamos a las canchas semiprofesionales de la villa olímpica. Jugamos un torneo que nos llevó a ser terceros en la ciudad. Esto ha sido de lo mejor de mi vida. Cuando me llegué a esta ciudad, lo primero que pensé fue en que nunca iba a poder volver a jugar fútbol, pero el destino me contó otra cosa: el equipo del barrio sorprendió a la mayoría y pasó de puntero las dos primeras rondas; jugamos una semifinal con los niños ricos del sur y nos ganaron por palancas con el árbitro. En la cuadra eso fue un alboroto: los malositos del parche querían irse para el sur a cobrarle a los riquitos el pase a la final, pero nosotros los páramos de una y les dijimos que en fútbol nadie le demostró nada al equipo del barrio. El siguiente fin de semana jugamos la final por el tercer y cuarto puesto: tremendo clásico. Ganamos 3 cero y era como si hubiésemos ganado la libertadores.

Festejamos el triunfo en la cuadra con todos los vecinos del barrio. A pesar de no ser campeones para todos era haber logrado mucho más que eso: era la primera vez que los jovencitos de aquel barriecito pobre del oriente de la ciudad, se destacaban por algo diferente a la violencia. Carlos me pidió que lo acompañara hasta el otro lado del barrio a recoger a su novia. Caminamos recordando las jugadas y los dos goles de Diego, con los que habíamos ganado el tercer puesto, cuando de improviso vimos a uno de los pelados de la gallada del otro barrio que nos miro con recelo y temor. Carlos se asusto un poco; pues era uno de los amigos del pelado que había herido a Diego y que él se había cobrado; pero se mantuvo firme ante la mirada del chico. Yo sentí pánico, pero no lo demostré y seguí adelante. Carlos se veía tranquilo, pero yo sabía del miedo que lo empapaba caminar por allí solo. El pelado de la otra gallada, salió corriendo sin aviso alguno. Carlos se asusto y mitro a todas partes, pero lo único que vio fue a un niñito que venía en busca de nosotros gritando. Carlos se puso blanco después de escuchar las palabras que salían de la boca del niño. Yo sentí todo el dolor del mundo al escucharlas. Diego acababa de ser apuñalado cerca de la cuadra y había muerto al instante.

Carlos y yo regresamos corriendo al sitio, pero nada se podía hacer. Los padres de Carlos lo abrazaban y los demás muchachos lloramos como niños. No se sabía como había ocurrido, sólo que uno de los pelados de la cuadra estaba muerto.

· Mayo:

Ante el beneficio económico que había obtenido mi padre, en la primera mitad del año, mi familia y yo nos trasladamos al otro extremo de la ciudad, lejos del barrio, lejos de la risa de los amigos y del fútbol polvoriento.
Carlos buscó a los asesinos de su hermano y los encontró. Después de eso, la guerra entre pandillas ha sido caótica.

Nunca volvía saber de nadie de allí. No quería saberlo. Seguí jugando fútbol, pero nunca recordé más el tercer puesto que ocupamos para el uniforme del barrio.

El Brujo Jaramillo


El Brujo Jaramillo
de Alexander Giraldo


Don Ancizar Gómez Jaramillo, era un tipo ya cincuentón. De barba abundante y blanca, cabello descuidado, pero eso si, blanco como la nieve y largo como su vejez. Don Ancizar caminaba mirando para el suelo, apoyado de un bastón de madera caoba, cargaba una mochila vieja (bastante arruinada), un carriel de piel de vaca y una maleta negra, donde parecía cargar su vida, desde siempre y para siempre!

A don Ancizar lo veíamos pasar por el parque de los limones, ahí cerca de la casa del padre López. Muchos de los pelados que nos reuníamos allí, a charlar o jugar futbolito, le teníamos miedo: dizque porque él era brujo y en la maleta guardaba conjuros y duendes malvados.

De esos que le tenían pánico, me acuerdo de Javier Vélez; en ese tiempo un peladito de 11 años; bueno, Javier cada que lo veía salía gritando hasta la esquina "¡El brujo Jaramillo lleva en la maleta un niño y se lo va a cocinar!" y parecía como loco gritando y señalando hacía don Ancizar que ni se molestaba y caminaba como si nada. Al principio, todos por la cuadra nos asustaban los gritos de Javier, pero después se nos volvió costumbre, además a don Ancizar no le molestaba o por lo menos no lo demostraba.
Desde que me acuerdo, a diario veía pasar a don Ancizar hacía la avenida del río. A mi no me asustaba tanto, pero si me intrigaba ver para dónde diablos iba o venía el viejo ese; y eso que sin mencionar lo que llevará en la maleta o en la mochila horrible de vaca.


La gente por la cuadra; mejor dicho las chismosas del barrio; se la pasaban diciendo que don Ancizar venía de una montaña perdida en la selva y que si era brujo, y en su maleta cargaba puras maldiciones para la gente que le caía bien; en Cali es sabido que en el barrio El Piloto siempre ha habido viejas chismosas, y desde lo de la explosión del 7 de agosto, la cosa ha ido de más a mayor. Yo nunca creí nada de lo que decía de él, aunque era cierto que el brujo Jaramillo era extraño, tenía una cara de buena gente que, al parecer, yo era el único que vía.

Fueron pasando los años y ya el grupo de pelados se convirtió en adolescentes en busca de aventuras. El parque de los limones se transformo en un arbolito rodeado de cemento. Ante todos estos cambios lo único que continúo igual fue el fútbol de siempre y el paso de don Ancizar todos los santos días por la mañana y por la noche.

Javier Vélez, que seguía siendo el sardino del grupo, nos propuso ir detrás del brujo para ver a dónde es que iba todos los días. La mayoría aceptamos el reto; primero porque el verraco de Javier nos apostó que conseguiría una cita con su hermana al que siguiera al viejo Ancizar, le abriera la maleta y viera qué diablos era lo que tenía dentro; Segundo, porque en ese tiempo y a esa edad, al que no saliera con nada se le ridiculizaba hasta el cansancio; y tercer y último, porque siempre me intrigó saber más del brujo Ancizar, además la hermana de Javier estaba bien linda!

Nos pasamos tres horas planeando el seguimiento al viejo. Claro cada uno en su mente se guardaba la forma de quitarle el maletín al brujo y ganar la apuesta. Se llegó el día y la hora para esperar a que el viejo Ancizar pasara. Eramos seis, sentados en una de las bancas de cemento mirándonos y repasando el plan para cada uno ganar la apuesta. El brujo apareció, como siempre, caminando con su bastón. Esperamos que tuviera una ventaja de dos cuadras para no levantar sospechas. Los seis íbamos muy contentos porque, al parecer, iba a ser muy fácil la misión. Don Ancizar caminaba lento, pero le rendía bajo el sol de las nueve de la mañana. Nosotros seguíamos ahí atrás, sin hablar mucho y sin perder de vista al brujo. Atravesamos todo el barrio. Cuando llegamos a la avenida del río y ya nos salíamos del barrio, uno de los pelados se echo para atrás, dizque "porque él no creía que íbamos a llegar tan lejos"; decidió marcharse y junto a él se fueron dos más. Nos quedamos Javier, José y yo. Los tres protestamos la decisión de los otros pero era razonable pues ya estabamos lo suficientemente lejos de la cuadra que veíamos todo nuevo y amedrentador. Pero con todo eso, continuamos siguiendo, de lejos, al brujo Jaramillo.

Ya iban siendo las nueve y media de la mañana, continuábamos caminando sobre al otro lado de la calle; sobre la primera; mientras don Ancizar caminaba al lado del río. José comenzó a quejarse: que "¿Cómo vamos a volver?", que "¿Cómo vamos a quitarle la maleta a ese viejo tan aguantador?", puras evasivas. Javier lo calmaba diciéndole que "el viejo ya va a parar, que ya casi”. Yo seguía caminando tranquilo porque, a diferencia de ellos, pensaba en el viejo y no en la apuesta. De pronto, después del alegato con José, miramos al otro lado de la carrera primera y el viejo no se veía por ninguna parte. Ni para arriba, ni para abajo.
-! Si ves por culpa tuya!- gritó Javier a José.
-¡Que va, ese viejo se desapareció y a lo mejor fue con uno de esos conjuros que hablan por la casa, mejor nos vamos!- José agitaba las manos más asustado que el verraco. Yo seguía mirando para todos lados, buscando algún rastro del viejo, pero nada.
-¿Entonces qué, perdimos la venida?, yo les dije que ese tipo era brujo. Lo mejor es que...-
-"¡hay cállate hombre!"- lo interrumpió Javier, con tono de papá. --! Pasemos la calle y busquémoslo por el río!"- Javier marchó primero, mostrándonos el camino.
-Yo no voy a buscar ese viejo loco- recalco José.
-Pues yo si voy- dije con igual seguridad que Javier.
-¡Caminá gallina!- termino por decirlo Javier al miedoso de José mientras pasábamos la calle.

José se quedó pensando y se unió a nosotros con una cara de rabia y susto las verracas. Después del ruido de la primera, nos adentramos en la frondosidad de la orilla del río. Todo era extraño, como si de verdad fuera un río en medio de la selva y no un río en medio del bullicio de la ciudad; claro, ¡eran otros tiempos!
Seguimos buscando entre los pequeños arbustos pero no se veía nada de don Ancizar. De pronto alcanzamos a ver, a unos pocos metros, la mochila vieja. Llegamos hasta allá con todo el cuidado y silencio posibles. Cuando estabamos por tocarla, oímos el ruido o el rugido más horrible de la vida a nuestras espaldas. Volteamos y era el viejo Ancizar con una piel de venado, o algo así, con los ojos salidos y los dientes negros. Los tres gritamos en coro y salimos y comenzamos a correr hacía la primera. En el correlón que pegamos, alcanzábamos a escuchar la risa diabólica del Ancizar ese. Cuando llegamos a la calle, José y Javier no podían del susto. Sus rostros estaban blanquisimos. Yo estaba un poco más calmado.
-¡Maldito viejo! ¿Vieron el animal que tenía en las manos?- preguntó Javier, mientras se tomaba el pecho.
-¡Yo lo vi, yo lo vi, y también la espada esa untada de sangre!- decía José.
-¡El tipo no tenía cara sino como una máscara de duende o algo peor! - seguía diciendo, entre jadeos, el asustado Javier.
-¡Hay, yo también la vi hermano!- le daba pedal el más asustado de todos.
Al tiempo que los dos miedosos amigos seguían diciendo mentiras sobre el encuentro, yo gire y alcance a ver al viejo que caminaba hacía el centro de la ciudad.
-¡Allá va, se nos va a perder!-
-¡No, no, no, no, yo no voy más!- respondió, muy seguro, Javier.
-¡No, no vallás por allá hermano! ¿No viste el demonio que tenía en las manos? - me preguntaba José con terror en los ojos.
-Vean muchachos, eso no era ningún demonio, ni animal... vamos que se nos va a perder- intentaba ponerlos de acuerdo, pero mis amigos no podían razonar del susto. Volví a mirar hacía la primera y el viejo ya se había perdido entre la quince y el centro.
-Muchachos, yo si voy a seguirlo. Si quieren vuelvan a la cuadra, pero yo voy a saber a dónde va este viejo- salí corriendo por la orilla del río y Javier y José volvieron para el barrio.
En mi carrera solo pensaba en saber más del viejo que veía desde niño y al que todos loe temíamos sin siquiera saber porqué.
La cosa era que ya estaba sobre la calle quince; la calle del centro; y podía ver al viejo caminado por entre la gente que seguía de largo sin reparar en él. La multitud caminaba de norte a sur, oriente a occidente como sin rumbo, diferente a don Ancizar.

Después de un par de cuadras, se adentro a una gran plaza repleta de personas, algunas sentadas otras conversando, caminando, en fin, mucha gente. El viejo se acomodó en el centro de la plaza de Caicedo, puso la maleta en el suelo, la abrió y comenzó a sacar toda clase de cosas. Yo lo miraba desde un costado de la plaza. Cuando ya había ubicado algunos objetos sobre una tela; muy parecida a la piel de venado que habíamos visto en el río; se levanto y comenzó a llamar a la gente de una forma muy especial:
-¡Bueno, bueno, acérquense pues, acérquense!
¡Usted hombre, usted mujer! ¡Vengan pues!-

Yo lo miraba y o podía creer que el viejo decrépito de toda la vida, era ese mismo gritando y llamando a la gente de esa forma. La cosa fue que de pronto, el lugar se llenó de personas que miraban los objetos que don Ancizar les mostraba sin dejar de hablar.
-¡Yo vengo del más allá, vengo del más acá... mentiras, vengo de Gómez Plata Antioquía, el pueblo más rico del mundo! ¡De verdad, el más rico, allí la gente no se muere; ahí todos somos verracos y a nadie le da miedo de nada, dígamelo a mí que "a nadie le tengo miedo, tan solo al toro pintado, que me tuvo toda una tarde, yo corriendo y él parado!"-

La gente se reía y comenzaba a comprarle los objetos. Yo continuaba mirando atónito la escena. Me acerque lo suficiente para que me viera, el tipo me miro, se sonrío y siguió con la plática:
-Haber pues Caleñitos, cómprenme que aquí está el secreto de la eterna juventud, aquí está el secreto del indio sacamuelas!, si señor, el mismo que curo a mi suegra de una mordedura de serpiente, lo malo fue que dejo morir a la culebrita!... haber pues... hablando de suegras, les contaré señores que "en la puerta del infierno, parió mi suegra, veinticinco lagartos y una culebra" ¿Saben quién es esa culebra?, pues un cuñado al que le debo una platica!... haber, acérquese señor, acérquese señora...-

Don Ancizar, en medio de aquella plaza abarrotada de gente, continuaba gritando y vendiendo sus productos al aire. La gente compraba como si se de verdad las palabras del viejo los convencieran. No pasó una hora y ya todo estaba vendido y las personas continuaban alrededor. Don Ancizar, con el carriel repleto de dinero, dijo su última frase cerrando la maleta vacía:
-Bueno, bueno señores y señoras, tengan en cuenta lo que les voy a decir, porque al pasar por un cementerio me dijo una calavera: lo que a mi me sucedió, eso le pasa a cualquiera!-

La gente comenzó a marcharse y don Ancizar se quitó la mochila. Se acercó hasta donde esta donde yo estaba y me la entregó. No pude ni mover las manos para recibirla, estaba petrificado.

-Vea mijo, tome para que se gane la apuesta. Adentro hay un regalo de mi parte, para usted y su futura esposa. Valla gánele al destino porque usted es un aventajado- me dijo el viejo Ancizar, volviéndose y caminando lejos de la plaza. Me quedé allí, mirando a la gente pasar, con la mochila bien cogida pero sin ver el "regalo" del viejo. Después de un rato, cuando el sol estaba altísimo, volví a la cuadra y les conté la historia a los muchachos.

Hoy, cuando ya soy un adulto, recuerdo gratamente aquél día en la plaza de Caicedo, y mucho más cuando le narro está historia a mis hijos.

El brujo Jaramillo nunca volvió a pasar por el parque de los limones, Javier y José quedaron con el fantasma metido en sus sueños y yo, por el contrario, me case con la hermana de Javier y tengo dos niñitos inquietos que se la pasan jugando fútbol y leyendo cuentos de la Cali que fue y que ya no será, además poseo el mejor regalo que me pudieron dar de niño: un cuaderno en blanco con el titulo: "Para alguien con imaginación".

La Frase


La Frase

de Alexander Giraldo

A mi me gustaría terminar la vida con algo especial, con algo que usted pueda recordar ¡para siempre! Así que acabo de recordar algo que escribí hace muy poco, pues creí, en ese momento, que con ello sería famoso. De pronto este es el momento para serlo... ¡uno qué va a saber!

¿Alguna ves se ha puesto ha pensar, en que se va a levantar una mañana y se le va a ocurrir algo que cambie para siempre la vida de la humanidad?

¡No me valla a salir con que no!, yo se que si, porque todo el mundo anda con el egocentrismo alborotado. Algunos por el cambio de siglo, otros por el sentir esotérico-filosófico-espiritual de algún pendejo oriental que se ha inventado la forma de "desenvolver la energía enredada en la mediocridad de sus adeptos", o sino, por el más común: ¡la fe en la lotería del Valle o el chancecito con el que va a cambiar el mundo!


Yo la verdad, si ando como preocupado por lograr inventarme algo para cambiar, de una vez por todas, está vida tan jodida. A veces me da por convertirme en músico y cantar puras canciones de protesta y volverme un ídolo de las facultades de humanidades de la del Valle, dejarme crecer el cabello y la barba y cambiarme el nombre y que me digan "juanca", “Juanpis”, “Jhonny” o una vaina así... ¡Ah! Pero que jartera ponerse a ser ídolo de barro, con una juventud sin memoria pero con plata para gastársela en puro consumo y moda de los 60s. Más bien me da por ser político. Eso. Un político recto. El político más joven y brillante de la historia. Rescato la ideología fantasiosa de los guerrilleros de la sierra maestra en el 59, se lo mezclo con los planteamientos de centro izquierda de Horacio Serpa, agrego el gobierno de la gente, las nalgas peladas de Mockus y una que otra promesa de cambio tipo Pastrana, Mano firme Corazón grande y me convierto en todo un fenómeno!


Ya me imagino a la gente votando por mí. Pancartas, camisetas, hasta me puedo volver cantante y les saco canciones protesta contra los gringos y hago pactos de economía con los turcos y los neozelandeses... mejor dicho me vuelvo el putas! Pero también me da jartera dirigir a esos 30 millones de sin mentes que no quieren saber de nada; de esa partida de perdedores y buscadores del resultado de la lotería, espectadores de los programas mal hechos de Jotamario y Jorge barón; que escuchan las mentiras que se reparten Gossain, Amat, Viky Davila o la Gurisati y eso ni hablar de lo que leen en El Tiempo, Espectador o País!

¡No! más bien no. Pensándolo mejor, voy a cambiar el mundo inventándome alguna frase que usted repita y se la diga a muchos, y estos muchos se la cuenten a otros tantos, y así hasta volver mi frase tan famosa, que cambie la actitud de toda la humanidad!... el problema viene justo aquí: ya que si no soy un personaje famoso, entonces empiezo a ser parte de los 38 millones de mediocres que, se supone, iba a dirigir o ser ídolo musical!, lo que significa que lo más seguro, es que mi frase sea tan estúpida, incoherente y descontextualizada, que me obligue a tener que seguir escribiendo lo que escribo y esperar a que un lector desprevenido, como usted, me lea. Y eso sería algo!. De todos modos voy a tirar mi frase. La que va a cambiar el mundo. La que no olvidará y que repetirá a sus hijos y estos a los suyos, y así hasta que se agarren de los cachos, los buenos del cielo contra los malos del infierno.

Ahí le va:

"Si alguna vez se ha preguntado:
¿De qué sirve lo que hago?, no lo haga más.
De pronto se entera de algo horrible."

San Cayetano

San Cayetano
de Alexander Giraldo

¿Porqué no le hablo de la relación impura entre el sacristán de la iglesia cercana a mi casa y su mascota; un gran Danés enorme?
Y es que esta relación es el escándalo de por aquí. No solo por las connotaciones socio-morales que significan, el acercamiento sexual entre dos especies total y enfáticamente diferentes, sino también por el hecho del llamado "secreto de barrio" (Y lo marco entre comillas, porque es que a nadie le gusta que los demás anden difamando por ahí las cosas que pasan en su barrio.)
Y si está aberración demoniaca está pasando en mi barrio, pues lo más derecho es que yo la defienda como sea, porque vivo aquí y puedo jugar a la crueldad con el sacristán todas las veces que quiera. Tirarle piedras, escribirle con aerosol, en las paredes blancas de la iglesia: "Ojo con maricondios" o "Arriba el perro, porque el sexo canino es moral". Bueno sigo con lo "secreto de barrio", cuando todos nos dimos cuenta de que semejante aberración carnal estaba pasando al interior de la casa cural, todo el mundo se puso pilas: "que ojo con los french puddles, o con los pobre gaticos angora de doña Aura, la portuguesa".
Todo el mundo regó la bola del sacristán gringo que acababa de llegar y que vieron en pleno atrio de la iglesia, en tremendas poses con la bestia esa de Caín (así se llama el perro). El que los pillo en esas fue Jairito, un niñito de apenas 11 añitos, pero con todo el recorrido para contarnos, en forma detallada, lo que ocurrió; claro, antes que su tía se fuera de bruces al ver al sacristán en semejante escena. "Lo más curiosos de todo", contaba Jairito, "es que la tía se desmayo en el acto y el sacristán no sabía cómo despegarse de Caín que lo tenía bien agarrado", y el tipo en una angustia tenaz, le tocó arrastrar a Caín, que jadeaba, mientras el gringo este, intentaba revivir a la tía de Jairito que miraba la escena con la boca abierta, viendo al sacristán en bola y con un gran danés agarrado a su cuerpo. Y si el perro se llama Caín, ya todo está dicho he imaginado ¿Si o qué?

Después de esa fecha, todo el barrio se enteró y se puso en la jugada para que nadie, aparte de "las respetables gentes de San Cayetano" se dieran por enterados. "Y es que la dignidad del barrio hay que mantenerla en alto" decía por ahí doña Margara, una vieja chismosa y rezandera, que alguna vez la vieron dañándole la cabeza a un pobre mensajero, que la puso a entregar mensajes a cambio de favores sexuales.

Todos, desde Cardona el chancero, hasta don Miguel, el narco de la cuadra, se pusieron a cuidar "el secreto de barrio": "Cuidadito a alguien se le abre la boca para contarle a otro que no sea del barrio lo que sabe... hablen de lo que quieran, si es con un vecino, rajen, difamen, vociferen, aumenten, distorsionen, escriban, tomen fotos... hagan lo que quieran!, pero no la vallan a contar a nadie que no sea conocido, ¡por Dios!". Y así lo hizo todo el mundo.
La relación horrorosa entre el sacristán gringo y Caín, fue la comidilla todas las mañanas en la carnicería, en el salón de té por las tardecitas y en esquinas por las noches. Mientras tanto, Caín y el sacristán se paseaban por el barrio como si nada: saludaban a todo el mundo, tomaban café por las tardes, visitaban a las viejas rezanderas, oraban los mil jesusees, etc.

El domingo en las misas de la mañana, mientras el sacristán cumplía con sus deberes litúrgicos, el Caín se paraba a un lado del altar, pillándose a la gente todo celoso.

La vida continúo normal en San Cayetano, aunque muy a menudo todo el mundo se levantaba preocupado, cuando escuchaba los gritos desgarradores del sacristán ¿Quién sabe porqué? La gallada mía seguía montándosela al degenerado ese y no perdíamos oportunidad para cantarle la tabla. Hasta el Jairito se inventó una fórmula para que Caín entendiera las imágenes de una película de sadomasoquismo "dizque para que aprendiera".
Yo me la paso rayándole la pared blanca de la iglesia por las noches y de día me ofrezco a pintarla por una módica suma

Hermano, "San Cayetano" es muy bacano. Es fresco. No hace calor y sus gentes son todas colaboradoras y decentes. Ahí está el cura. Le dicen Pacho. Es el dueño de Caín y jefe del sacristán gringo. El tipo es un alma de Dios. Ha aceptado todo entre Caín y el sacristán, pero dice que Dios no es suficiente testigo a los actos entre los dos, y desde hace unos meses decidió formar el tercio. Para completar la historia, ahí está dando misa de los domingos y caminando de la mano del sacristán, mientras lleva de la otra el lazo de Caín.
Los gritos desgarradores ahora son dobles.

Depresión


Depresión

de Alexander Giraldo


Al caminar por estás calles que desde siempre he recorrido y que todavía no conozco, siento el mismo temor, la misma corriente de sudor helado en mi dorso, que baja por el omoplato, se va introduciendo en el centro de la espalda, por la columna, y de un momento a otro, desaparece, dejando mi cuerpo a merced del horror!. Sigo caminando.

Miro al suelo, y de vez en cuando, observo el horizonte: ¡Horrible!, ya no es - de ninguna forma- el horizonte de mi infancia. Ya no. Ahora son un montón de carros, que a velocidades infernales, dejan a su paso gases y polvos asfixiantes, que te ahogan lentamente, matándote a medida que creces, todo esto sumado a los asquerosos edificios amarillentos y descuidados, no me dejan ya ni siquiera recordar al horizonte de mi infancia.

Oscuro. Ahora está oscuro. A donde voy permanece oscuro, tan oscuro como la misma calle. Cubierta con ese negro y candente asfalto me quema y me muestra que a dónde yo quiera ir, él siempre estará allí. Camino rápido. Tan rápido como puedo, corro con el terror resbalando por todo mi cuerpo... y es verdad: siempre está ahí debajo. Sólo cuando entro en mi cuarto, él cambia de color y ya no me quema, su nuevo color me hipnotizan... puedo ver un humo azulado que me enrojece los ojos...

Ahora camino más rápido. El cielo rojizo parece el mismo de siempre. Miro a los lados y las industrias no han dejado de abastecer al mundo de sus tóxicos y venenosos gases. De pronto un gran camión roza mi cuerpo haciendo el ruido más insoportable y despreciable del universo que me hace caer al piso. Veo como las ruedas inmensas, arrasan el negro pavimento, sin compasión. Ruedan y ruedan. Van pasando miles de ruedas haciendo ruidos sacados del infierno.
Levanto los ojos y el horrendo camión transporta gente que me observa con miseria y tristeza; se alejan hacia el horizonte horrible y sobre el negro pavimento. Entonces las personas, con la miseria y la tristeza reflejadas en sus rostros, gritan al alejarse. Siento un profundo miedo. El sudor helado en el centro de mi espalda me entrega al horror. Las personas continúan gritando como si el peor de los sufrimientos les esperara. Un dolor profundo en mis huesos me hace fijarme en el espantoso panorama candente, todo arde en llamas y estoy solo. ¡Solo! Corro sobre el fuego buscando alguna alma en medio de aquél infierno, pero no hay nadie, no hay nada. Todo se derrumba. Todo arde.

El cielo rojizo es lava que cae sobre el mundo y chorrea como lágrimas sobre el rostro de un niño con el torso combustionado.
¡La atmósfera es el infierno! Ya no respiro bien. Mi cabeza se parte en dos. Mis ropas se rasgan al paso de mis piernas y la lava candente se levanta sobre mí, como una gran ola que destruye y consume todo a su paso. Y corro rápido, con todas mis fuerzas, pero ella está encima, casi al punto de arrastrarme... mis fuerzas me abandonan y caigo. Cierro los ojos, esperando la descarga destructiva, pero no siento nada. Ni siquiera mi cuerpo. Nada. Ni las manos o los pies, nada. Quiero abrir los ojos pero no logro hacerlo; los párpados están pesados, casi tan pesados como mi depresión. Pasan los segundos, los minutos y las horas y no puedo abrirlos...

Sobre mis dedos puedo sentir el arder de las llamas que me consumen poco a poco, casi hasta llegar al hueso, siento como la sangre se evapora y la piel se deshace al tiempo que la carne se cauteriza. El dolor se hace insoportable. Ninguna parte de mi cuerpo responde. El fuego sube por mis brazos, el hombro... y mis intentos por moverme son inútiles, mis ojos está cada vez más pesados... casi tan pesados como mi depresión.

De pronto el dolor se va y logro abrir los ojos. El cielo rojizo, los gases en el horizonte, los edificios y el negro asfalto en las calles me dan una sórdida bienvenida, de un viaje al que no estoy seguro cómo llegué. Miro mis manos y están derretidas, cauterizadas. El dolor regresa y se centra en mi corazón, el humo azulado se evapora y puedo verlo irse hacia lo más alto del firmamento, se va, se va, se va...

La Ciudad


La ciudad
de Alexander Giraldo

¡Ah, que vaina andar en estos colectivos tan estrechos!, es casi como andar metido entre pedazos de carne, pedazos de carne que se ven mal, huelen mal y se escuchan mal.

Como extraño mi cuarto. Hace solo un minuto que salí de él y ya extraño todo lo que significa para mí. Y es que, podría asegurar, que mi cuarto soy yo; así con su oscuridad; con el calor que hace allá a dentro y que Juanita no se aguanta; con los montones de libros acomodados según mis gustos, con todo ordenadito; con las cortinas negras que, me encantan por ser negras, y porque logran separarme del azul intenso del día, que crece a diario después de mi ventana, pero que antes de ella, solo es oscuro y todo gracias a mis cortinas negras... mi cuarto, con está maquina vieja que aún escribe de puro milagro, ya hasta se ha ganado un odio especial porque sus carretes no giran y me toca moverlos, en medio de tremenda inspiración!... mi cuarto, con paredes blancas que,(¡la madre!), quisiera tumbarlas y dejarlas de color rojo ladrillo; un rojo que se parece a la sangre coagulada que se le quedó pegada en el rostro a Cristo, un personaje violento que escribí en medio de mi propia violencia...

Lo extraño, ¡A mi cuarto! Porque voy mirando el asfalto que pasa rapidísimo, sin dejar que yo pueda enfocar bien, sólo veo gris, gris y gris, largo, largo...

¡Que vaina!, ¿Para qué me salí de mi cuarto, si lo extraño tanto?, y es que deseo con vehemencia que ocurra algo desastroso y tumbe mi casa, y yo quedé atrapado para siempre en mi cuarto, sin poder mirar, nunca más, hacía las montañas de la cordillera que se va cayendo presa del valle majestuoso y que, desde allá lo puedo ver a la perfección!... si, definitivamente, lo extraño... pero sigo en este espacio pequeñito, que se mueve acompasadamente y me muestra el mismo paisaje de todos los días: la avenida tercera con sus innumerables semáforos (a los que les agradezco el tiempo que me regalan para continuar leyendo cualquier pedazo de frase de mi libro, que no dejo ni por el berraco!); el puente de los seguros sociales, que me deja ver un pedazo de Cali (el mismo pedazo desde hace mucho tiempo); la avenida de las Américas, que todavía no conozco y no me canso de mirar, además tiene las banderas de los países del continente y sólo me di cuenta hace unos días y me dio una rabia tenaz por mal observador!); a la torre de Cali por majestuosa y hermosa; por último, la entrada a la calle 15, la calle del centro!

Y sigo aquí, metido en este carrito, que lleva a tres personas más que miran a través de las ventanas, buscando algo que las obligue a no mirar a los que van dentro compartiendo el mismo espacio. Yo si los miro, y los miro con desprecio y me la sodo cuando me miran y sienten ese desprecio mío; un desprecio que yo hago con los ojos; porque los miro duro, profundo y luego los saco del cuadro rápidamente, dejándolos en un sin salida, un según de desazón, porque es que la gente es pendeja y cree que todo el mundo es amable en una "ciudad amable".

Y el colectivo sigue su marcha rápida, sobre el asfalto de la tercera norte. Sigue siendo estrecho, pero rápido; por lo menos más rápido que los buses, además hay que pensar en que este es el servicio de los noventas, así: pequeño y estrecho, como haciéndole compañía al constante pensamiento de la mayoría, obtuso.

Que bacano es recibir la brisa de la Cali del norte, aunque con este sol de las tres de la tarde, que parece como si no se cansara de convertir a Cali en la ciudad del sol eterno. Un sol que al caleño le ha tocado aguantar porque si llueve, el sol que sale después es tan bravo como el del verano más fuerte. Y es que son como 35 grados, pero sigue ventiando. Por eso digo: ¡que bacano recibir la brisa del norte de Cali!, y digo del norte, porque hacía el sur, poco me muevo. Antes iba mucho, que a donde Carlos, a donde Ricardo, que a ensayar a tocar metal fuerte para sacarnos el diablo de dentro, que adonde Elisa (Mi novia. Una novia que todos los días recuerdo y que me duele su soledad. Que sé, ha estado construyendo un cuartico detrás de la casa de su mamá, y ha metido todas las cosas que nos dimos de novios: pendejaditas, que las carticas, los muñequitos, las foticos... bueno, todo eso que para unos noviecitos como lo éramos nosotros, era todo, y las ha acomodado una por una, alrededor de las paredes del cuarto, y como eran tantas, apenas le queda un espacio pequeño y redondito en el centro de la habitación. Allí se queda mirando y mirando, recordando los paseos por el cam, las idas a cine a ver las películas que a mi me gustaban y que ella le tocaba ver, las innumerables peleas por bobadas que caracterizaron nuestra relación y hasta la estigmatizaron... y me he dado cuenta, que ha cerrado las puertas y ventanas, y en los espacios que le habían quedado en el cuartico, ha pegado páginas de la Biblia, - así como el cura de "La Profecía"-, que para que no entre el diablo, - que soy yo- al cuarto y destruya el recuerdo que quiere dejar allí encerrado para poderlo olvidar!...) en aquél tiempo el viento del sur, era rico, pero fue cambiando y yo también, y me quedé con el del norte!

Ya vamos subiendo el puente de los seguros sociales, y se me hace una verraquera poder mirar por el lado derecho, porque se alcanza a ver el cerro de las tres cruces, que va bajando y llega hasta chipichape, pero que deja ver también la fachada del santuario de la virgen de Fátima que tanto me gusta, las vías férreas que se van yendo hacía el pacifico, acompañadas de pura grava y que se me asemeja a arena o tierra seca, y lo que paga es grabar una escena de un western o algo por el estilo, con un duelo y todo eso...

La verdad es que poco se ve del paisaje, pues hay un par de torres de apartamentos que han logrado ganarse su propio tono dentro del cuadro derecho del puente de los seguros (si es que vas del norte al sur). Hacía el lado izquierdo no me gusta mirar, todavía no sé porqué, pero siento una vaina rara cuando volteo a mirar para allá, es como un miedo, como una sensación de fatalidad, de recuerdo macabro...

Y nos vamos introduciendo más y más a esta ciudad, una ciudad de muchos pero de ninguno, y lo digo mirando a la interminable cola de carros en las dos calzadas de la avenida de las Américas, todos pitando y buscando destino en medio de ese vivir estrepitoso. Y uno de pasajero que se va acalorando, que mira la hora y mira por el parabrisas a ver si ya se ha avanzado alguito, y nada, y pito, y grito, y otra vez el reloj, y otra miradita...pienso: "maldita sea, calmémonos, calmémonos... está vaina no se va a mover si yo sigo acalorándome, calmémonos" ¡pero que va!, que el pito y el sol dándome justo en el rostro, y por aquí que no ventea ni poquito, porque está avenida de las Américas está infestada de edificios que no dejan que baje esa brisa bacana que viene desde los farallones y que, me imagino, hace veinte años era una nota, pero como ahora no estamos en "hace veinte años", entonces a aguantarse el calor y la bulla papito.

Cuando uno ya está a punto de sacar el demonio de dentro y ya el desespero lo ha atrapado a uno y no lo quiere dejar ir, entonces es que el carrito este, comienza a avanzar rápido, rápido y se pierde de esta avenida que controla un enorme edificio que, desde que lo construyeron, se ha convertido en todo un símbolo de progreso (¿Progreso? Que va, pura fachada)

Y ahora un poco más calmado y a punto de bajarme de mi transporte a lo conocido-desconocido, pienso en que aún no he contado el por qué me vengo hasta el centro si debo pasar por tantas vainas, y la respuesta es sencilla: comunicación. Así como se escucha, comunicación. Y eso que yo me considero solitario empedernido, pero vengo y paso tantas penurias existenciales, porque necesito comunicarme. Así no me conozca el tipo que camina al lado mío, pero yo le digo algo o pienso algo de él o de la vieja que va con la niñita al lado y no hace sino empujarla y regañarla. A esa vieja si le pego su empujoncito, para que vea que también hay gente que le puede hacer daño. ¡Ay y que mire mal!, inmediatamente le descargo una de mis miradas de desprecio, de esas que yo se dar, e inmediatamente voltea a mirar para otro lado como si nada. Sigo fresco.

Y es que la gente de Cali es toda fresca: les encanta el desorden, las colas, el ruido, el caos, la rumba... hasta el calor, pero lo que si no toleran, ni poquito, es compartir medio centímetro de oxigeno con vos, ¡Ha eso si no! cuando se trata de compartir algo, entonces comienza que la mala cara, que el "pero es que tal", que la miradera del reloj a ver si no lo demorás mucho... bueno. Eso si he pillado. Y a la gente se le habla de civismo y entonces se despelotan por recoger la basurita del piso, por hacer carita de "yo no fui", pero por dentro, no hacen más que mentar madres por sapos y regalados...

Por eso es que a mi me encanta Cali, porque está llena de tanta miseria en las calles (¡Pero no miseria de pobreza, no me vas a entender mal!) que uno no hace sino ver cuadros para poder ir y encerrarme en el cuartico oscuro, de cortinas negras y que hace calor como el berraco, para desahogar sensaciones en papel blanco y con tinta negra, de una maquina que ya está tan vieja que se ha ganado un odio especial que la hace única... como Cali.

Yo Soy Parker


Yo soy Parker
De Alexander Giraldo


La experiencia pasada nunca predice el futuro.

Recuerdo haber leído eso en algún lado y cuando lo hice no le di ninguna importancia. Una frase más. Alguien inteligente haciéndose el inteligente. Pero ahora podría ser que esta frase sea la base de mi existencia. De verdad. Aunque suene exagerado o complejo lo es. Debo empezar por el principio. Me llamo… mejor no. Me dicen Parker. Como Spiderman. Porque soy re-fanático. Tengo 11 años. Recién estoy en la escuela. Me va bien, sobre todo en filosofía. Me encanta la historia y la filosofía. Nunca nada me apasionó tanto ni la música o los deportes. Nada. Saber sobre el pensamiento de los pueblos, del inicio del mundo, de las preguntas y las respuestas, me encanta. Tal vez no entienda mucho pero al menos me gusta creer que lo entiendo. Soy muy tímido. Mucho más de lo que me gustaría. Y he tenido un problema enorme desde hace mucho. Me cuesta cantidades comunicarme. Decir lo que siento. Es extraño porque sí logro decir lo que pienso cuando se trata de cualquier cosa que me afecte 5 metros a mi redonda. De allí para acá, la cosa se pone complicada. Allí no soy capaz de hilar nada. No digo nada. Absolutamente nada. Ese es el motivo de esta historia. No ser capaz de decir algo.

Antes del inicio de esta historia mi vida pasaba por un sin salida. Una pregunta tras otra. Sin respuestas claras. Caminaba por todas partes y en todos los lugares una nueva pregunta. Me había enamorado por primera vez y por vez primera me habían partido el corazón. Eso fue el año pasado. En otro salón. Creía que nada podría ser igual. Sabía que estaba muy chico y que la vida, según Aristóteles, se basaba en crear objetivos y desarrollarlos, para fracasar, aprender y volver a empezar, pero lo que Aristóteles no sabía era esa sensación que me movía sin sentido en la escuela, en la casa, ¡en el mundo! Pero iba a aprender una lección de Aristóteles en el inicio de esta historia.

Era un día no muy brillante. La clase era idéntica a todas. Excepto porque por la puerta apareció la rectora acompañada de una niña. Angelita. El sólo verla hizo que todo el lugar cambiara para siempre. Que la luz del sol en las ventanas reflejara todo con nuevos colores, que la tiza en el tablero se convirtiera en piezas únicas e irremplazables, que el viento colmara de silbidos todo el lugar. Allí estaba ella. Angelita. Se sentó cerca de la puerta. Al otro extremo de donde estaba yo. Podía ver su cabello negro ondeando por una corriente de aire exactamente en ese lugar del salón. Su rostro redondo con una sonrisa de blanca nieves, que me llevaba al cuento una y otra vez. La situación no pasó de allí. De mirarla minuto tras minuto. De identificar cada centímetro de su cabello, de su rostro. Y así ocurrió durante varias semanas. Lo increíble de todo esto era la situación que ocurría en cada clase de filosofía e historia. Angelita y yo parecíamos hablar el mismo idioma. En esa clase todo se detenía: el tiempo, el sonido, la luz, el viento. Todo. Sólo se escuchaban las voces del profesor, de Angelita y la mía. Nadie más participaba. Todos nos miraban mientras hablábamos del mundo. De la vida. De los antiguos. Del pensamiento. De las ideas. Pero tras cada clase todo se convertía en lo mismo. Ni siquiera me miraba. Parecía sólo existir para ella en clase de filosofía e historia.

Un día, solo, sentado en mí muro; una pared pequeña cerca de las canchas de fútbol, como lo había hecho desde que tenía uso de mí; miraba como todo el colegio se movía de un lado a otro, como hace tanto tiempo, como siempre. Los gritos, las risas, el golpeteo del balón, las persecuciones, el olor a chocolate con pandebono por todos lados, todo eso lo observaba mientras pensaba en cuando algo iba a ocurrir distinto. Entonces mientras paseaba la mirada de un extremo a otro me tope con ella. Con Angelita. Frente a mí. Con el sol en sus espaldas, que parecía formar una aureola sobre su imagen. Su sonrisa de blanca nieves y un “¿Querés hablar conmigo?”. El mundo se detuvo. Ahora si se detuvo. Hasta mi corazón dejo de palpitar durante microsegundos que parecían siglos. No fui capaz de decir nada. Sólo la mire. Y luego vi hacía mí costado. Ella se sentó a mi lado. Entonces empezó a hablarme de ella. De porqué le gustaba la filosofía y la historia. Porque no me hablaba nunca excepto en esas clases. Yo sólo podía escucharla y no dejar de verla. No podía decir nada. Me moría por decir cualquier cosa pero no podía. Pero ella me entendió o trato de hacerlo. Creo que leía mis palabras en mis ojos y en el temblor de mis manos, porque no paraba de hablarme y sonreírme. El mundo nunca fue perfecto hasta ese instante. Y lo fue hasta que sonó la campana para ir a clase. Ella me miro de nuevo y me dijo “Mañana hablas vos ¿listo?” y se marchó. Yo sólo moví mi mano y le dije adiós con el gesto.

Regrese a casa con algo nuevo dentro de mí. Un algo inexplicable. Inexplicable porque yo había cambiado. Había perdido algo hace un tiempo y ahora ese algo parecía regresar a mi cuerpo, pero no era físico. Era intangible. Pero no sabía lo que era.

Otro día. Nunca hice tantas preguntas en clases. De cualquier cosa. Sólo con el ánimo de acelerar las clases y que el tiempo avanzara para regresar al descanso y poder hablarle a Angelita de mi. Y así fue. El reloj se movió de una forma increíble. Y Pas: el descanso. Corrí a mi muro, a la pared que me acompañaba desde que podía caminar en el colegio. Y luego ella apareció. Un “Hola” fue suficiente para darme cuenta que no iba a poder hablarle. Que todo mi ser me decía “Hablale, tenés que decirle cualquier cosa” pero nada. No podía. Entonces ella se puso seria. Me miraba profundamente. Yo trataba de sostener su mirada pero me desconcentraba la impotencia de no poder hablar. Un silencio enorme. Un silencio incomodo. Todos sabemos que hay que decir algo pero nadie dice nada. Y entonces abrí la boca: “Una vez me caí de la bicicleta y me rompí la cabeza”. Ella me miro como si yo no hubiese dicho nada. No mejor. Como si lo que acababa de decir fuera lo más absurdo y tonto que haya escuchado en sus 11 años de existencia. Me quedé pasmado. Intranquilo. Ella entonces se levanto. Dentro de mí sabía que esas 12 palabras habían destruido cualquier buena imagen que Angelita pudo crear de mí. Angelita se puso frente a mí, creí que tal vez me iba a golpear, tal vez lo merecía, ella había confiado en mí la mañana anterior y yo le salgo con tremenda tontería. Entonces corrió su cabello hacía atrás y me señalo algo. Me acerque. Era una cicatriz. “Yo me caí de mi coche cuando era bebe”. La mire y ambos nos sonreímos. ¿Sabes lo que es eso? ¿Cuándo las personas son únicas en el mundo? ¿Cuándo se parecen tanto? ¿Cuándo una busca algo que la otra tiene? Ese era ese momento. No necesite más y no pare de hablar de mis cicatrices y mis caídas en el mundo. Hable de todas: cuando casi me ahogo en un río por correr tras un balón, cuando me caí aprendiendo a montar skateboard, cuando creí ser capaz de ser campeón de bicicross, todas y cada una de mis raspaduras jugando fútbol, todo. No pare hasta que sonó la campana. Ella me sonrío de nuevo. Yo la imité.

No dejamos de hablar todos y cada uno de los días en mi pared. En mi muro. Primero fueron tonterías, pero después fue del mundo. De todo. De ella, pero nunca de mí. No es que no confiara en ella, para nada, podría confiarle mi vida a Angelita, pero no era capaz de decirle lo que sentía dentro, dentro. Incluso no era capaz de decirle que estaba enamorado otra vez. De nuevo sentía que algo se llenaba en mi cuando hablaba con ella, cuando imaginaba su mundo, sus ideas, sus pensamientos. Pero no podía decírselo.

Era domingo. Llovía fuertísimo. Y en mi cuarto pensaba en ella. Tenía una discusión airada conmigo mismo. Por un lado me decía que tenía que decirle todo lo que sentía. Por el otro lo dudaba, no quería caer en el sin salida del amor. El otro lado decía que entonces no hablara y que la besara, que ella entendía el lenguaje del cuerpo. Y el otro lado decía que no. Que no arriesgara nada, que ya había pasado por muchos momentos desquiciantes y que no se deben repetir. Entonces me deprimí. Mucho. Y dormí.

Tras varias semanas de hablar y leer juntos, Angelita y yo éramos uno sólo: Pensábamos, hablábamos y actuábamos conectados extrañamente, pero yo sabía que algo tenía que pasar y sentía que ella también lo pensaba pero no ocurría nada. Una tarde en clase, nos llevaron a conocer una reserva forestal y entonces lo decidí: la iba a besar y decirle que la amaba. Busque el momento y el lugar. Un sendero entre los árboles, cuando la clase ya no estaba. Allí era perfecto, hasta el entorno podría ser mi compinche en todo esto. Entonces allí estábamos, los dos. Frente a frente. Mirándonos. Y no podía decirle nada. No era capaz ni de moverme. Ella me hablaba de la belleza del sitio y me miraba, pero yo sólo sonreía. Dentro era una locura: voces que me decías “háblale, háblale”, otras que me decía “después, después”. Podía enfrentarme a todo, haberme caído de la bicicleta 30 veces, tener 48 cicatrices por el fútbol, los patines y la bici, pero no podía enfrentarme a Angelita. Mi Angelita. No podía besarla. Sólo un besito. Sabía que con ello ella entendería todo. Lo sabía. Lo sentía. Y entonces ella se quedó en silencio. Mirándome. Ella y yo sabíamos que algo tenía que pasar. Algo. Cualquier cosa. Para que nuestra relación pasara a otro nivel, sino tal vez seriamos lo que somos ahora por siempre. Y no es que no lo quisiera, es que también quería amarla, que me amara. Eso. Eso lo quería.

Entonces mire a mí alrededor. Ella también lo hizo. Me acerque con el miedo del mundo. Y conecte mis labios a los suyos durante dos fracciones de segundo y luego me hice para atrás. Ella me miro con algo de nervios. Y yo quería morirme. Entonces ella abrió su boca y dijo: “La experiencia pasada nunca predice el futuro” ¡Wow! Nunca había escuchado nada tan inteligente en una niña de 11 años, ni en un niño. Entonces ella se acercó y me besó. Está vez nuestro beso duró un poco más de dos segundos. Entonces nos miramos y corrimos entre la reserva forestal buscando a los demás. Nadie nos quitaba el rostro de alegría que teníamos. Nadie. En ningún lugar del mundo.

Desde ese instante mágico supe que esa frase era real. Que mi vida tenía que pasar a otro nivel y no por Angelita, sino porque había creído, ciegamente, en que cada paso dado se repetía de nuevo, que nunca avanzaba a ningún sitio. Y no era cierto. Nunca lo fue. Ahora siento que este nivel es el del aprender a conocerme y saber que debo confiar en mí, en lo que pienso, en lo que siento. Por eso no dejo de decirle a Angelita que la quiero. Y que la querré siempre a pesar que alguna vez alguno de los dos deje la escuela o deje de ir a nuestro muro en los descansos, a decirnos todo. A hablar de nosotros, de la historia, de la filosofía, del amor. De todo.

«Y no me precio tampoco de ser el primer inventor de mis opiniones, sino solamente de no haberlas admitido ni porque las dijeran otros ni porque no las dijeran, sino sólo porque la razón me convenció de su verdad.»
Descartes. 1596-1650