
El Brujo Jaramillo
de Alexander Giraldo
Don Ancizar Gómez Jaramillo, era un tipo ya cincuentón. De barba abundante y blanca, cabello descuidado, pero eso si, blanco como la nieve y largo como su vejez. Don Ancizar caminaba mirando para el suelo, apoyado de un bastón de madera caoba, cargaba una mochila vieja (bastante arruinada), un carriel de piel de vaca y una maleta negra, donde parecía cargar su vida, desde siempre y para siempre!
A don Ancizar lo veíamos pasar por el parque de los limones, ahí cerca de la casa del padre López. Muchos de los pelados que nos reuníamos allí, a charlar o jugar futbolito, le teníamos miedo: dizque porque él era brujo y en la maleta guardaba conjuros y duendes malvados.
De esos que le tenían pánico, me acuerdo de Javier Vélez; en ese tiempo un peladito de 11 años; bueno, Javier cada que lo veía salía gritando hasta la esquina "¡El brujo Jaramillo lleva en la maleta un niño y se lo va a cocinar!" y parecía como loco gritando y señalando hacía don Ancizar que ni se molestaba y caminaba como si nada. Al principio, todos por la cuadra nos asustaban los gritos de Javier, pero después se nos volvió costumbre, además a don Ancizar no le molestaba o por lo menos no lo demostraba.
Desde que me acuerdo, a diario veía pasar a don Ancizar hacía la avenida del río. A mi no me asustaba tanto, pero si me intrigaba ver para dónde diablos iba o venía el viejo ese; y eso que sin mencionar lo que llevará en la maleta o en la mochila horrible de vaca.
La gente por la cuadra; mejor dicho las chismosas del barrio; se la pasaban diciendo que don Ancizar venía de una montaña perdida en la selva y que si era brujo, y en su maleta cargaba puras maldiciones para la gente que le caía bien; en Cali es sabido que en el barrio El Piloto siempre ha habido viejas chismosas, y desde lo de la explosión del 7 de agosto, la cosa ha ido de más a mayor. Yo nunca creí nada de lo que decía de él, aunque era cierto que el brujo Jaramillo era extraño, tenía una cara de buena gente que, al parecer, yo era el único que vía.
Fueron pasando los años y ya el grupo de pelados se convirtió en adolescentes en busca de aventuras. El parque de los limones se transformo en un arbolito rodeado de cemento. Ante todos estos cambios lo único que continúo igual fue el fútbol de siempre y el paso de don Ancizar todos los santos días por la mañana y por la noche.
Javier Vélez, que seguía siendo el sardino del grupo, nos propuso ir detrás del brujo para ver a dónde es que iba todos los días. La mayoría aceptamos el reto; primero porque el verraco de Javier nos apostó que conseguiría una cita con su hermana al que siguiera al viejo Ancizar, le abriera la maleta y viera qué diablos era lo que tenía dentro; Segundo, porque en ese tiempo y a esa edad, al que no saliera con nada se le ridiculizaba hasta el cansancio; y tercer y último, porque siempre me intrigó saber más del brujo Ancizar, además la hermana de Javier estaba bien linda!
Nos pasamos tres horas planeando el seguimiento al viejo. Claro cada uno en su mente se guardaba la forma de quitarle el maletín al brujo y ganar la apuesta. Se llegó el día y la hora para esperar a que el viejo Ancizar pasara. Eramos seis, sentados en una de las bancas de cemento mirándonos y repasando el plan para cada uno ganar la apuesta. El brujo apareció, como siempre, caminando con su bastón. Esperamos que tuviera una ventaja de dos cuadras para no levantar sospechas. Los seis íbamos muy contentos porque, al parecer, iba a ser muy fácil la misión. Don Ancizar caminaba lento, pero le rendía bajo el sol de las nueve de la mañana. Nosotros seguíamos ahí atrás, sin hablar mucho y sin perder de vista al brujo. Atravesamos todo el barrio. Cuando llegamos a la avenida del río y ya nos salíamos del barrio, uno de los pelados se echo para atrás, dizque "porque él no creía que íbamos a llegar tan lejos"; decidió marcharse y junto a él se fueron dos más. Nos quedamos Javier, José y yo. Los tres protestamos la decisión de los otros pero era razonable pues ya estabamos lo suficientemente lejos de la cuadra que veíamos todo nuevo y amedrentador. Pero con todo eso, continuamos siguiendo, de lejos, al brujo Jaramillo.
Ya iban siendo las nueve y media de la mañana, continuábamos caminando sobre al otro lado de la calle; sobre la primera; mientras don Ancizar caminaba al lado del río. José comenzó a quejarse: que "¿Cómo vamos a volver?", que "¿Cómo vamos a quitarle la maleta a ese viejo tan aguantador?", puras evasivas. Javier lo calmaba diciéndole que "el viejo ya va a parar, que ya casi”. Yo seguía caminando tranquilo porque, a diferencia de ellos, pensaba en el viejo y no en la apuesta. De pronto, después del alegato con José, miramos al otro lado de la carrera primera y el viejo no se veía por ninguna parte. Ni para arriba, ni para abajo.
-! Si ves por culpa tuya!- gritó Javier a José.
-¡Que va, ese viejo se desapareció y a lo mejor fue con uno de esos conjuros que hablan por la casa, mejor nos vamos!- José agitaba las manos más asustado que el verraco. Yo seguía mirando para todos lados, buscando algún rastro del viejo, pero nada.
-¿Entonces qué, perdimos la venida?, yo les dije que ese tipo era brujo. Lo mejor es que...-
-"¡hay cállate hombre!"- lo interrumpió Javier, con tono de papá. --! Pasemos la calle y busquémoslo por el río!"- Javier marchó primero, mostrándonos el camino.
-Yo no voy a buscar ese viejo loco- recalco José.
-Pues yo si voy- dije con igual seguridad que Javier.
-¡Caminá gallina!- termino por decirlo Javier al miedoso de José mientras pasábamos la calle.
José se quedó pensando y se unió a nosotros con una cara de rabia y susto las verracas. Después del ruido de la primera, nos adentramos en la frondosidad de la orilla del río. Todo era extraño, como si de verdad fuera un río en medio de la selva y no un río en medio del bullicio de la ciudad; claro, ¡eran otros tiempos!
Seguimos buscando entre los pequeños arbustos pero no se veía nada de don Ancizar. De pronto alcanzamos a ver, a unos pocos metros, la mochila vieja. Llegamos hasta allá con todo el cuidado y silencio posibles. Cuando estabamos por tocarla, oímos el ruido o el rugido más horrible de la vida a nuestras espaldas. Volteamos y era el viejo Ancizar con una piel de venado, o algo así, con los ojos salidos y los dientes negros. Los tres gritamos en coro y salimos y comenzamos a correr hacía la primera. En el correlón que pegamos, alcanzábamos a escuchar la risa diabólica del Ancizar ese. Cuando llegamos a la calle, José y Javier no podían del susto. Sus rostros estaban blanquisimos. Yo estaba un poco más calmado.
-¡Maldito viejo! ¿Vieron el animal que tenía en las manos?- preguntó Javier, mientras se tomaba el pecho.
-¡Yo lo vi, yo lo vi, y también la espada esa untada de sangre!- decía José.
-¡El tipo no tenía cara sino como una máscara de duende o algo peor! - seguía diciendo, entre jadeos, el asustado Javier.
-¡Hay, yo también la vi hermano!- le daba pedal el más asustado de todos.
Al tiempo que los dos miedosos amigos seguían diciendo mentiras sobre el encuentro, yo gire y alcance a ver al viejo que caminaba hacía el centro de la ciudad.
-¡Allá va, se nos va a perder!-
-¡No, no, no, no, yo no voy más!- respondió, muy seguro, Javier.
-¡No, no vallás por allá hermano! ¿No viste el demonio que tenía en las manos? - me preguntaba José con terror en los ojos.
-Vean muchachos, eso no era ningún demonio, ni animal... vamos que se nos va a perder- intentaba ponerlos de acuerdo, pero mis amigos no podían razonar del susto. Volví a mirar hacía la primera y el viejo ya se había perdido entre la quince y el centro.
-Muchachos, yo si voy a seguirlo. Si quieren vuelvan a la cuadra, pero yo voy a saber a dónde va este viejo- salí corriendo por la orilla del río y Javier y José volvieron para el barrio.
En mi carrera solo pensaba en saber más del viejo que veía desde niño y al que todos loe temíamos sin siquiera saber porqué.
La cosa era que ya estaba sobre la calle quince; la calle del centro; y podía ver al viejo caminado por entre la gente que seguía de largo sin reparar en él. La multitud caminaba de norte a sur, oriente a occidente como sin rumbo, diferente a don Ancizar.
Después de un par de cuadras, se adentro a una gran plaza repleta de personas, algunas sentadas otras conversando, caminando, en fin, mucha gente. El viejo se acomodó en el centro de la plaza de Caicedo, puso la maleta en el suelo, la abrió y comenzó a sacar toda clase de cosas. Yo lo miraba desde un costado de la plaza. Cuando ya había ubicado algunos objetos sobre una tela; muy parecida a la piel de venado que habíamos visto en el río; se levanto y comenzó a llamar a la gente de una forma muy especial:
-¡Bueno, bueno, acérquense pues, acérquense!
¡Usted hombre, usted mujer! ¡Vengan pues!-
Yo lo miraba y o podía creer que el viejo decrépito de toda la vida, era ese mismo gritando y llamando a la gente de esa forma. La cosa fue que de pronto, el lugar se llenó de personas que miraban los objetos que don Ancizar les mostraba sin dejar de hablar.
-¡Yo vengo del más allá, vengo del más acá... mentiras, vengo de Gómez Plata Antioquía, el pueblo más rico del mundo! ¡De verdad, el más rico, allí la gente no se muere; ahí todos somos verracos y a nadie le da miedo de nada, dígamelo a mí que "a nadie le tengo miedo, tan solo al toro pintado, que me tuvo toda una tarde, yo corriendo y él parado!"-
La gente se reía y comenzaba a comprarle los objetos. Yo continuaba mirando atónito la escena. Me acerque lo suficiente para que me viera, el tipo me miro, se sonrío y siguió con la plática:
-Haber pues Caleñitos, cómprenme que aquí está el secreto de la eterna juventud, aquí está el secreto del indio sacamuelas!, si señor, el mismo que curo a mi suegra de una mordedura de serpiente, lo malo fue que dejo morir a la culebrita!... haber pues... hablando de suegras, les contaré señores que "en la puerta del infierno, parió mi suegra, veinticinco lagartos y una culebra" ¿Saben quién es esa culebra?, pues un cuñado al que le debo una platica!... haber, acérquese señor, acérquese señora...-
Don Ancizar, en medio de aquella plaza abarrotada de gente, continuaba gritando y vendiendo sus productos al aire. La gente compraba como si se de verdad las palabras del viejo los convencieran. No pasó una hora y ya todo estaba vendido y las personas continuaban alrededor. Don Ancizar, con el carriel repleto de dinero, dijo su última frase cerrando la maleta vacía:
-Bueno, bueno señores y señoras, tengan en cuenta lo que les voy a decir, porque al pasar por un cementerio me dijo una calavera: lo que a mi me sucedió, eso le pasa a cualquiera!-
La gente comenzó a marcharse y don Ancizar se quitó la mochila. Se acercó hasta donde esta donde yo estaba y me la entregó. No pude ni mover las manos para recibirla, estaba petrificado.
-Vea mijo, tome para que se gane la apuesta. Adentro hay un regalo de mi parte, para usted y su futura esposa. Valla gánele al destino porque usted es un aventajado- me dijo el viejo Ancizar, volviéndose y caminando lejos de la plaza. Me quedé allí, mirando a la gente pasar, con la mochila bien cogida pero sin ver el "regalo" del viejo. Después de un rato, cuando el sol estaba altísimo, volví a la cuadra y les conté la historia a los muchachos.
Hoy, cuando ya soy un adulto, recuerdo gratamente aquél día en la plaza de Caicedo, y mucho más cuando le narro está historia a mis hijos.
El brujo Jaramillo nunca volvió a pasar por el parque de los limones, Javier y José quedaron con el fantasma metido en sus sueños y yo, por el contrario, me case con la hermana de Javier y tengo dos niñitos inquietos que se la pasan jugando fútbol y leyendo cuentos de la Cali que fue y que ya no será, además poseo el mejor regalo que me pudieron dar de niño: un cuaderno en blanco con el titulo: "Para alguien con imaginación".